
Volvía a casa con la cabeza gacha tras el entreno de la tarde en su Instituto, el José Domínguez (*). Tardes de darlo todo para dos o tres minutos de juego y volver a ser la última sombra que proyectaba el banquillo de un equipo que, años más tarde, calficaría él mismo como "decente".
Y en un equipo "decente", su escasa estatura no daban ni para jugar de base.
Quizá el baseball, pensaba a la vez que alternaba ambos deportes. Su padre, que trabajaba como encofrador en las crecientes obras de la zona, había vivido sus años más dulces con el bate de compañero y ahora todos sus hijos (e hijas) lo practicaban.






