Un chico negro de la Universidad de San Francisco corría, reboteaba y taponaba como jamás antes había llegado si quiera a imaginar.
Pero no solo Reinhart percibía algo diferente. Pete Newell, que por aquél entonces entrenaba a la vecina universidad de Berkeley o Tommy Heinsohn, que lo vio en un torneo disputado en el Madison Square Garden de NY, percibieron lo mismo, el futuro del baloncesto.